hqdefault

Insomniaque invétéré, je suis tombé par hasard de zapping sur un film de Carlos Saura que propose Ciné+ à la demande, Argentina, (titre original, Zonda, folclore argentino), un voyage à travers des musiques populaires de l’Argentine, et je ne l’ai pas regretté. Je suis profondément touché par cette musique, particulièrement celle du Nord du pays. Certes, je partage les réserves et reproches que l’on peut lire dans les deux articles ci-dessous, (le second en espagnol pour les hispanophones). Mais l’interprétation musicale est magique pour la plupart des morceaux, et quelques passages dansés, oubliant l’esthétisation dépouillée, atteignent la vraie sensualité.  Je ne m'en lasse pas, d'ailleurs je l'ai regardé deux fois.

Deux critiques lors de la sortie en salle en 2015 :

Télérama

Retraverser le riche folklore argentin, et donc pénétrer l'âme du pays, en le cantonnant à une succession de tableaux sur une scène, est un pari hasardeux, même pour un spécialiste des huis clos chorégraphiques comme Carlos Saura. Malambo de la pampa, zamba au foulard, charango andin... l'inventaire est exhaustif et le réalisateur espagnol n'a pas perdu la main : sa façon de filmer le spectacle vivant, avec des images magnifiques, des plans sophistiqués, un décor léché, reste du grand art. Mais son approche esthétisante, qui pouvait convenir pour le flamenco ou le tango dans de précédents films, dévitalise singulièrement ces musiques et danses populaires sorties de leur contexte. Reste la bande-son, servie par des interprètes excellents. — Anne Berthod

Clarín (grand quotidien argentin) :

Horacio Bilbao, "Zonda, folclore argentino": Un mapa musical.
Geografía arbitraria del folclore norteño, flaco en personalidad pese a una cuidada selección y puesta.

El español Carlos Saura ha dicho que su documental Zonda, folclore argentino es un musical en estado puro. Quizá sea su manera de amortiguar el contraste que siempre produce el folclore, en este caso pura expresión popular del norte argentino, escenificado en estudio, lejos de su estado natural. Claro que el peso específico de los músicos elegidos ya le da un valor propio a la película, pero no pasa de ser un recorrido personal de una expresión inabarcable para el cine, una experiencia colectiva llevada al terreno individual.
El recorrido arranca con un escenario vacío y una definición de Zonda, el viento caliente que asola la región del noroeste argentino. La zamba, la vidala, la chacarera, el malambo, la copla y el chamamé van poblando ese escenario, con grandes figuras, voces profundas, instrumentistas consagrados y danzas contagiosas, que el mismo Saura eligió. ¿Quién puede criticar un recorrido personal?
Teatro de sombras que van ganando nitidez, mensajes ocultos en las canciones, ensayos, la recreación de una peña cuyana, y homenajes a dos gigantes como Mercedes Sosa, nostalgia en un aula de primaria, y Atahualpa Yupanqui, crítica social de su guitarra zurda.
Saura, que ya hizo Flamenco, Fados, Tangos, tiene su matriz para la música, con altos y bajos, con literalidad excesiva, con un malambo exquisito o con la chacarera sorprendente de Lito Vitale.
Juntos los músicos, como en la propaganda de una popular marca de vinos, con otros decorados, imágenes históricas, sombras, bailes y pulcritud que exaspera desde la coreografía. No hay Zonda ni polvareda, sí virtuosismo bien aprovechado, y algunos climas, que se pierden en el encadenado de un género con el otro, de un guión sin otra historia que la del director.